Agalloch & Fen, sala Sonora (Erandio)

La imaginación que implica tratar de buscarle comparaciones a un concierto de Agalloch, siempre acaba desembocando  en imprecisas metáforas que suenan a topicazo. Determinar con palabras normales y corrientes, algo que trasciende con tal claridad la mayoría de planos a los que estamos acostumbrados, es lo que tiene. Dicho esto antes de sonar absolutamente pedante y de traicionar con cinismo el primer renglón que acabáis de leer, abreviare diciendo  que como majestuoso podría definirse lo que pudimos presenciar en la Sonora el pasado miércoles veinticuatro de Abril. No debiera de ser necesario escribir nada más al respecto.
De la misma forma que para la amplia mayoría del público no se requiere un análisis pormenorizado sobre lo evidente que resulta la genialidad de ciertas bandas consagradas, tampoco debiera hacer falta cuando este peculiar conjunto de Portland es el tema sobre el que gira la conversación. Tan evidente para unos pocos, como innecesario para el resto. Solo teniendo esta premisa en mente podemos explicarnos como un grupo de semejante enjundia, no sea capaz de arrastrar a más de un centenar de espectadores en su primera visita por estas tierras.
Panorama desolador por tanto el que mostraba la coqueta Sala Sonora de Erandio. Unos cuantos aficionados desperdigados, iban cercando tímidamente el recinto mientras iba llegando la hora de que Fen comenzase a poner las cartas sobre la mesa. Los reyes del Post Black aun disponían de una hora para que su presencia pasase desapercibida entre los asistentes. Antes que ellos, sus hermanos pequeños tendrían la oportunidad de demostrar que las enseñanzas de sus mayores no caen en saco roto. 

Los británicos cuajaron una fenomenal comparecencia, centrando su discurso sobre sus dos obras de mayor importancia. Por una parte el reciente Dustwalker del que rescataron los instantes más bucólicos de su repertorio y por otro el Malediction Fields con el que imprimieron la fuerza que necesitaban sus últimos instantes sobre las tablas. Exiles Journey fue el broche de oro a sus cuarenta y cinco minutos sabiamente aprovechados.
El desconocimiento generalizado del conjunto por parte del respetable, hizo que se creara un abismo insalvable entre ambas partes. La brecha se hizo tan evidente como lo eran los metros que la concurrencia dejaba con el escenario. Frialdad y tono pausado fueron las tónicas predominantes, al tiempo que Fen sudaban la camiseta  tratando de trasmitir todo lo que pretendían. 


Un pequeño rato después, Agalloch, les volverían a demostrar que con el mismo espíritu, con similares armas, ellos eran capaces de desnudar todo lo que las tinieblas del alma acostumbran a esconder. 
Antes de que la lección magistral diese comienzo, llegaba el momento de bendecir las tablas de la Sonora con la habitual ceremonia que precede cada actuación de los de Portland. JhonHaugmse encaramó para tal fin ante los curiosos asistentes y fue encendiendo uno tras otro los incensarios que portaba. 

Colocó con mimo y respeto cada uno sobre los troncos que se habían colocado delante del escenario y los fue prendiendo sin importarle demasiado lo que a su alrededor acontecía. Simbología pagana presidiendo la estancia y un intenso olor a incienso fueron todos los efectos escénicos que precisaron para hacer suyo el pequeño rinconcito de Erandio sobre el que iban a tocar.
Limbs fue la que comenzó a trazar el círculo perfecto que terminaría dos horas después con Bloodbirds. Daban inicio ciento veinte minutos de vaivenes que pasarían en un suspiro y que iban a englobar con justicia, todas las caras de que disponen estos arquitectos de la música oscura. Arrancando y despidiéndose de la misma manera que en su Ashes to The grain, colocando uno de los mejores temas de su último Marrow to The Spirit para despertar al personal y rellenando la parte central con piezas de sus dos primeros trabajos, se puede decir que montaron un setlist ante el que no se podían poner pegas sin caer en el absurdo.
Sumergidos en la penumbra que les proporcionaban las escasas luces colocadas para la ocasión, Agalloch fueron tocando todas y cada una de sus piezas de la misma manera que lo hubiesen hecho ante cien mil personas. Sin innecesarios alardes pero con la precisión que requieren sus canciones, exhibieron su maestría y profesionalidad ante los afortunados que allí nos encontrábamos y demostraron que hoy en día no tienen rivales dentro del estilo que practican.
Incrustaron en el centro de la velada los más de veinte minutos de excelencia que contiene Faustian Echoes- tapizando de blast beats hasta el último rincón de la Sonora- e hicieron contener la respiración a más de uno mientras retrocedían hasta alguno de los inolvidables momentos que albergaba The Mantle. In The shadow o Our Pale Companion concretamente, puede que fuese la que más suspiros terminó por provocar antes de que las luces se encendiesen.

Un  buen rato antes de que ese fatídico momento llegase, pudimos entonar el himno pagano Kneel to the Cross y despedir a los cuatro músicos con la certeza de que aún nos quedaban dos últimas oportunidades para presenciarlos en directo. Con Of Stone, Wind and Pillor y el mencionado Bloodbirds, fue suficiente para que no quedase nadie por convencer. La demostración práctica que acabábamos de contemplar llegaría a su punto final con una imagen que nos acompañaría mucho tiempo después de haber dejado atrás las puertas del recinto. John Hoghm sacando sonidos de su guitarra con una pezuña de animal, como si todo aquello hubiese sido parte de un brutal aquelarre. Impactante escena la que nos brindó al tiempo que los altavoces escupían pitidos imposibles, que solo cesaron tras un sencillo “adiós” de nuestro protagonista. Sin duda una despedida tan peculiar, como coherente con el espíritu de la banda.

No hubo segundas oportunidades entre aplausos de camaradería. La banda desapareció sin dejar rastro y nadie tuvo la indecencia de reclamarles un solo minuto más sobre las tablas. Habían triunfado por goleada en su primera incursión por nuestro país y dudo mucho que alguno de los presentes sintiese que había malgastado una noche de miércoles. Espectáculos como los que brindan Agalloch cuando se suben sobre un escenario, son la clase de momentos por los que algunos conservamos la ilusión cuando se nos plantea la oportunidad de asistir a un concierto. 

Unai Endemaño

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